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  • terça-feira, 9 de outubro de 2018

    La tumba de Jesús permanece abierta y vacía (Jorge Hessen)





    Las personas tienen sentido inquietud y temor ante la expectativa de la desencarnación. Hay quienes sufren de tanatofobia (temor mórbido de la muerte). Los psicólogos han examinado los efectos mentales y sociales causados por pensar en la muerte. Muchas personas asocian la desencarnación a sentimientos como tristeza, dolor y nostalgia. Raros se asocian a sentimientos como la aceptación y la liberación. Hablar sobre la muerte todavía se ve como algo depresivo y mórbido. Muchos tienen salvedades de cómo y con quién hablar sobre el tema. Normalmente los amigos y parientes cercanos son personas más buscadas para conversar sobre eso.

    Y ese temor ha sido alimentado por una mezcla de falsos conceptos religiosos, sentido común y creencias personales arraigadas. Las religiones humanas son especialmente responsables de generar una serie de fobias y mitos acerca del inevitable viaje a la tumba.

    El problema del miedo a la muerte es que tal fobia puede impedir que tengan libertad y placer de vivir. De ahí el confort que la Doctrina Espírita presenta, al instruir sobre la vida del espíritu aquí y en el más allá. La muerte sólo dilata las concepciones y aclara la introspección, iluminando el sentido moral, sin resolver, obviamente, de manera absoluta, los problemas que el Universo propone a cada paso, con sus espectáculos de grandeza.

    La mayor sorpresa de la muerte física es la de colocar al hombre cara a cara con conciencia propia, donde edifica el cielo, estaciona en el purgatorio o precipita en el abismo infernal. En ese sentido, a nadie deben el destino sino a sí mismos.

    Por otro lado, los que viven con más dedicación a las cosas del Espíritu, estos encuentran mayores elementos de paz y felicidad en el futuro. Todos los que alcanzaron aprovechar la encarnación sin vicios y apegos, los que cumplieron la ley de amor, adquieren lazos magnéticos menos densos aprisionando al Espíritu al cuerpo.

    Permitamos que el pensamiento sobre la "muerte" componga de forma ininterrumpida y serena nuestros estados mentales, reflexión sin la cual estaremos desaparecidos, o para el regreso inevitable o precipitado para enfrentar con serenidad la "muerte" de nuestros seres queridos.

    La revelación Espírita demuestra que "muerte" física no es el aniquilamiento de las aspiraciones y anhelos en el bien, sino el ingreso a la existencia auténtica, para la vida real. Sí! La existencia física es ilusoria, fugaz, demasiado transitoria. La separación del cuerpo por la "muerte" no es una anomalía de la naturaleza. Simplemente se transfiere de la dimensión física, hacia el ambiente espiritual.

    Sobre eso, Allan Kardec nos remite a Jesús, y con el Cristo certificamos que el fenómeno de la "muerte" es totalmente diferente. En la tumba de Jesús no hay señal de cenizas humanas, ni pedrerías, ni mármoles lujosos con frases que indiquen allí la presencia de alguien. Cuando los apóstoles visitaron el sepulcro, en la gloriosa mañana de la "resurrección", no había ni luto ni tristeza. Allí encontraron un mensajero del reino espiritual que les dijo: "no está aquí".

    Los siglos se disiparon y la tumba de Jesús permanece abierta y vacía, hace más de dos mil años. Siguiendo, pues, con Cristo, a través de la lucha de cada día, jamás experimentaremos la amargura del luto por la muerte de la persona amada, sino la vida en plenitud.

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