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  • sábado, 3 de setembro de 2016

    LOS “BAM, BAM, BANS”, INSIGNIFICANTES DE SIEMPRE Jorge Hessen


    Traducido por: Mercedes Cruz Reyes 
    Madri/Espanha

    Una investigación conducida por psicólogos de la Universidad de California, Davis, en los Estados Unidos y publicada en el periódico Journal of Personality and Social Psychology, confirma la existencia de personas con personalidad “despreciable” (arrogante).

    Los psicólogos desenvolvieran una tesis de la personalidad envolviendo 960 voluntarios que también tuvieron que responder a tesis relacionados con la rabia, el enojo, la envidia, el orgullo, perfeccionismo y narcisismo. Los pesquisidores acreditan que los individuos arrogantes presentan resquicios de narcisismo, psicopatía y maquiavelismo. Eso porque esas personas siempre ven a los otros como peores (inferiores) y no tienen problema en manipularlos.

    Otros experimentos realizados por el mismo equipo sugieren aun que las personas arrogantes tienen más tendencia a ser racistas, además de ser pésimas influencias en los relacionamientos. Los pesquisidores acreditan que esos sujetos tienden a tener baja autoestima y ansiedad.

    La arrogancia puede ser interpretada, en líneas generales, como aquel comportamiento que visa demostrar que el individuo es en lo mínimo “igual” o casi siempre superior a los demás, de modo a producir impacto sobre los otros. Ese impacto puede incluir admiración, galanteos, reverencia, preeminencia o hasta aun mismo “mal de ojo”. Entretanto, muchas veces produce una evaluación negativa, pudiendo hacer que los otros consideren ese individuo arrogante, pedante, despreciable y, por consiguiente, procuren apartarse o despreciar.

    La arrogancia es una expresión de la obsesión de alguien querer ser mayor, más inteligente, más grandioso y más importante que las otras personas, para compensar lo que está faltando en si mismo. Por sentirse (inconscientemente) tan pequeño e insignificante,  el arrogante precisa parecer y de lo que es para probar que, en verdad, es insustituible y especial.

    Para contrapesar el miedo de no ser evolucionado lo suficiente, adopta la ilusión de “su más importante que usted”, “soy más inteligente que usted” y puede de hecho acreditar que es más perfecto que aquellos que están a su alrededor, hasta aun mismo en las huestes espíritas. El arrogante ajusta la fachada perfecta, consintiendo ser manipulador, insensato, controlador y transgresor de reglas de buenas maneras. Mira de arriba abajo con “obsequio” para las personas que consideran inferiores.

    Siempre que nos incomodamos por la conducta de los otros y hacemos juicios de valor, en vez de condenar y comparar nuestras diferencias de tipo “ellas son unas toperas”, “ellas parecen que no raciocinan”, o “yo soy el bam bam bam en cuestiones de conocimiento espirita” etc., sería prudente silenciarnos, reflexionar y no manifestar esos arrebatos.

    Urge avaluar si eso no es un disturbio, pues estamos lanzando sobre los otros, despojos de nuestros poderes despreciables. En verdad nuestra arrogancia está sirviendo como mecanismo de defensa para que no veamos en nosotros mismos nuestra rotunda insignificancia ante los comparados.

    En suma, ese hinchado de prepotencia, sin el   antídoto de la humildad, invariablemente nos resumirá a una personalidad despreciable, impenetrable impidiendo hacer una autocrítica correcta y reconocer nuestros poderes nebulosos, nuestros comportamientos destructivos y cuáles de nuestras tendencias son o no son admisibles.

    Si nos despojamos de nuestra arrogancia, alcanzaremos la victoria sobre nuestro egoísmo, causa máxima de los amplios males de la Humanidad. Si fuéramos humildes, trataremos todos como compañeros, amigos y hermanos (como dice la música), y no más nos sentiremos adversarios y enemigos de quien quiera que sea. 

    Se nos conducimos en una línea de entera fraternidad, con certeza, huirán de nuestros corazones la arrogancia y la vanidad. Entretanto que nuestra humildad no sea apenas aquella actitud barnizada, que aun en nosotros reside, más si la simplicidad legítima y espontánea, a fin de recibir la verdadera luz y penetrarnos en el entendimiento de todo cuanto Jesus nos enseñó.

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