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  • quinta-feira, 1 de outubro de 2009

    LEY DE ACCIÓN Y REACCIÓN Y LIBRE ALBEDRIO. ¿PUEDE EL HOMBRE SOBREVIVIR A LAS TRAGEDIAS HUMANAS? (21.02. 09)


    Traducido por: Merchita

    ¿Por qué determinadas personas escapan de la muerte en accidentes aéreos, naufragios, incendios y otras trágicas situaciones? Algunos explican, súper estimando los papeles de la "suerte" y del destino; otros destacan el lugar de la propia reacción de los que se encuentran en peligro real. Amanda Ripley, en el libro "Impensable - Como y por que las Personas Sobreviven a los Desastres", dice que " cualquiera que sea el desastre, partimos prácticamente del mismo punto y pasamos por tres fases distintas." La primera etapa es la de la negación, en la cual intentamos hallar formas de probar para nosotros mismos que aquello está aconteciendo. La segunda fase es la de la liberación, fase en que notamos que algo está increíblemente fuera del orden y pasamos a ponderar sobre las opciones posibles. Por fin, con la aceptación del hecho de que estamos en peligro y con la contemplación de las soluciones, llega la hora de la fase final, a la de la acción. "(1)

    Normalmente, delante del desfile de errores, provenientes de una tragedia, buena parte de las victimas queda, simplemente, paralizada. Investigaciones recientes muestran que personas confiadas (dotadas de una especie de fe) tienden a salir bien en las catástrofes. Su forma de pensar atenúa los efectos desbastadores del extremado miedo. Muchos que enfrentan crisis, y se recuperan bien de ellas, tienden a contar con tres ventajas: acreditan que pueden influenciar lo que acontece a su regreso; consiguen encontrar sentido en el caos de la vida moderna; entonces convencido de que pueden aprender con las experiencias, sean ellas buenas o ruines. En un procedo continuo de disciplina, cuanto más control tuviéramos sobre nuestras reacciones y actitudes, más grandes serán las oportunidades de salir vivos de una catástrofe, por ejemplo, defienden los investigadores.

    Algunos se refieren al destino como no siendo una palabra vana. Creen, dependiendo de la posición que ocupamos en la Tierra, y de las funciones que aquí desempeñamos en consecuencia del genero de vida que escogemos, ser expiación o misión. Muchas veces, parece que somos perseguidos por una especie de fatalidad, independiente de la manera por la que procedamos. Son, no en tanto, pruebas que nos cabe sufrir y que escogemos antes de reencarnarnos. Todavía, lanzamos a cuenta del fatalismo lo que , en verdad, es, apenas, consecuencia de nuestras propias faltas, motivo por el cual es urgente limpiar la conciencia en medio de los deslices morales que nos afligen, para que que alcancemos una efectiva armonía intima, que nos capacite para enfrentar cualquier desafío, inclusive las tragedias.

    Nunca hay fatalidad en los actos de la vida moral, más, en lo que concierne a la muerte física, a la desencarnación, nos hallamos sometidos, en absoluto, a la inexorable ley de la fatalidad, por no poder escapar a la sentencia que nos marca el termino de la existencia, ni al género de muerte que habrá de cortar el hilo de la existencia física. Aun, sobre la fatalidad, recordemos que ella existe, únicamente, por las pruebas requeridas por nosotros o por la propuesta de los guías espirituales, ante de la reencarnación, más siempre de forma lucrativa para el espíritu. Una vez aceptas o compulsoriamente establecidas, se crea un calendario para ser cumplido, una especie de derrotero fatal para nosotros, que es la consecuencia misma de la posición en la que nos hayamos situados. Considerando, aquí, las pruebas a que somos sometidos, es de fundamental importancia saber que ellas pueden cambiar de curso, dependiendo de cómo usemos el libre albedrio, si para el bien o para el mal, pues siempre somos señores de nuestra voluntad, de ceder o resistir.

    Una cosa es importante discutir en el debate, o sea, la protección espiritual. Al no flaquear y quejarnos, un buen espíritu puede socorrernos, más, obviamente, sin influir sobre nosotros sobre la manera absoluta, al punto de dominar nuestra voluntad. Todos nosotros tenemos nuestros amigos protectores en el más allá, tutores guardianes, según nuestras condiciones evolutivas. Entretanto, es necesario recordar que hay una jerarquía en todos los planos, teniendo en vista que, cuando el problema escapa a la competencia del espíritu protector, este solicita de su superior la necesaria intervención. Todavía, los pormenores de los hechos que nos ocurren, esos quedan subordinados a las circunstancias que creamos por las experiencias, siendo que, también, en esas circunstancias, podemos ser influenciados por los pensamientos que surgirán a los buenos Espíritus.

    No podemos asegurar que todo lo que nos sucede "está escrito" en las líneas del destino, como acostumbran a decir. Un acontecimiento cualquiera puede ser la consecuencia de un acto que practicamos por libre voluntad, de tal suerte que, si no lo hubiésemos practicado, el efecto podría no materializarse. El hecho de ser sorprendidos, algunas veces, en una situación de peligro, constituye un mecanismo de alerta, dirigido por los guías espirituales, con el fin de desviarnos del mal y tornarnos mejores. Si escapamos de ese peligro, cuando aun estemos bajo la impresión del riesgo que corremos, es señal de que estamos sensibles a la influencia de los buenos Espíritus. Sin embargo, si persistimos rebeldes y no aceptáramos las invitaciones superiores del bien, el obsesor, o sea, el mal Espíritu (digo malo, subentendiendo el mal que aun existe en el), se vincula a nosotros, interfiriendo en nuestras mentes, sugiriéndonos pensamientos depresivos, en un proceso perverso de venganza. En verdad, a través de los peligros y la fragilidad de nuestra existencia, si examináramos la causa y la naturaleza del peligro, verificaremos que, casi, siempre, sus consecuencias habrían sido la corrección (¿punición?) de una falta cometida o de la negligencia en el cumplimiento de un deber. Dios, por esa forma, nos exhorta a sumergirnos en la propia conciencia con el fin de rectificar el camino.

    En la vida, todo tiene su razón de ser, nada ocurre por acaso en nosotros, aun mismo cuando las situaciones se nos figuren trágicas. Antes de reencarnarnos, bajo el peso de débitos de antaño, somos informados, más allá del túmulo, de los riesgos a que estamos sujetos, de las formas por las cuales podemos quitar la deudas, sin embargo, el hecho, por sí solo, no es determinativo, hasta porque dependen de variadas circunstancias en nuestras vidas para su consumación, una vez que la Ley de Causa y Efecto admite flexibilidad. Cuando el amor rige la vida, porque "el amor cubre una multitud de pecados". (2)

    Como dije antes, "fatalidad, en el verdadero sentido de la palabra, solo es el instante de la muerte" (3), pues, dijeron los Espíritus a Kardec: "cuando es llegado el retorno para el Plano Espiritual, nada "te librara", y frecuentemente el espíritu también sabe el género de muerte por el que partirá de la tierra", "pues eso le fue revelado cuando hizo la elección de esta o aquella existencia". (4) Más, aun: "Gracias a la Ley de Acción y Reacción y al Libre Albedrio, el hombre puede evitar acontecimientos que deberían realizarse, como también permitir otros que no estaban previstos". (5) La fatalidad solo existe como algo temporal, frente a nuestra condición de inmortales, con la finalidad de "retomar rumbos". La fatalidad y destino inflexible no se condenan con los preceptos Kardecianos. Quien cree ser"victima de la fatalidad", culpa solamente el mundo exterior por sus sufrimientos y rehúsa admitir la conexión que existe entre acción y reacción.


    FONTES:
    1 Ripley, Amanda. "Impensável - Cómo y Por qué las Personas Sobreviven a Desastres, Río de Janeiro: Editora Globo, 2008
    2 Cf. Primera Epístola de Pedro Cap. 4:8
    3 Kardec, Allan. El Libro de los Espíritus, RJ: Ed FEB, 1979, pergs. 851 a 867
    4 ídem
    5 Kardec, Allan. El Libro de los Espíritus, RJ: Ed FEB, 1979

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